¿Cómo es que te cambia la experiencia de ser voluntaria?

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Ser voluntaria, ya de por sí es una experiencia gratificante, pero ser voluntaria compartiendo con personas discapacitadas, es mucho más que una experiencia.

Estar lejos de mi familia, de mi casa, de mis amigos y de prácticamente todo a lo que llamo “hogar”, me ha ayudado a crecer en muchos sentidos.

Soy ecuatoriana, vengo de un país en donde las estaciones no existen, y lo único que hacemos es mirar al cielo para saber si tendremos sol o lluvia. Vengo de una cultura en donde se nos ha olvidado que la vida es más que lo que nos rodea, que más allá de nuestras fronteras existe otra forma de vida esperando a ser descubierta, vengo de una cultura en donde nos cuesta atrevernos a soñar.

Siempre he vivido en mi país, me he criado con valores y principios gracias a mis padres, pero con una mente limitada a pesar de la educación.

Viajar al otro lado del mundo ha sido salir de mi lugar de confort, lanzarme a una vida desconocida esperando experimentar nuevas aventuras.

En mi travesía por Europa he podido conocer a más jóvenes voluntarios de corta edad que han viajado a varios países, que hablan más de dos idiomas y que me atrevo a decir que gustan de organizar  sus metas, sus viajes, sus experiencias y su vida misma.

Quiero decir, en mi opinión, que  la mentalidad europea es mucho más abierta, mucho más permisible y más accesible que la de mi país. En Europa existen muchas facilidades para viajar, estudiar y conseguir empleo, el mismo que permite alcanzar objetivos y metas planteadas. Posiblemente esto se debe a los muchos avances que aquí se han desarrollado.

Quiero contarles una de las muchas anécdotas que he vivido aquí, una experiencia que aunque parezca muy sencilla no lo fue para mí.

En mi país no tenemos el transporte de metro, es aquí en donde lo he conocido y he aprendido a utilizarlo. Los otros voluntarios dicen que es súper fácil moverse en el metro, que de hecho es uno de los transportes más usados en Europa, sin embargo aún tengo pequeñas dificultades para no equivocarme. Me recuerdo a mí misma queriendo dirigirme hacia un sitio, pero había agarrado la línea de metro equivocada y ahora debía regresar pero no sabía cómo cambiar de carril. Pasé más de una hora pensando qué podía hacer y a quién podía preguntar; sin olvidar que mi francés todavía pataleaba un poco. Me sentía como una hormiga en medio del desierto, pero no como cualquier hormiga, sino una hormiga extranjera. Decidí preguntar, decidí dejar mi miedo sobre la silla y aún con errores, hablar.

El miedo es algo que no nos permite liberarnos, que nos oprime, que nos prohíbe ser y hacer todo lo que deseamos. Pero cuando rompemos el miedo y cruzamos hacia el otro lado, entonces nos sentimos realizados.

Por otro lado, compartir mi tiempo y energía con personas de discapacidad es algo que me ha gustado mucho. Me permite ser más humana, ser más paciente, más creativa, ser más positiva y sobre todo me ayuda a  ver el lado más inocente y puro de la vida. En tan poco tiempo he llegado a encariñarme mucho con todos ellos.

Este viaje, esta experiencia y este voluntariado me han motivado mucho. Me han hecho ver mis capacidades, a descubrirme a mí misma, saber cómo soy, qué me gusta y qué no y he podido desarrollar habilidades y destrezas que en un futuro no muy lejano me serán de mucha utilidad a la hora de encontrar y mantener buenas relaciones personales y profesionales.

 

 

 

 

 

 

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